El miércoles, Cuba enfrentó uno de los apagones más severos de los últimos años, dejando a seis millones de personas sin electricidad en gran parte del país, incluida la capital, La Habana. La causa fue una falla inesperada en la termoeléctrica Antonio Guiteras, ubicada en Matanzas, una de las centrales más importantes del sistema energético nacional. Según reportes oficiales, el colapso del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) afectó a dos tercios del territorio, sumiendo en la oscuridad a hogares, negocios y servicios esenciales.
La situación se agravó rápidamente. Tres horas después del incidente, solo el 2.5% de los clientes en La Habana habían recuperado el suministro, mientras que en otras regiones el panorama era aún más crítico. Las comunicaciones también se vieron seriamente afectadas: la telefonía móvil y fija colapsaron, dejando a la población incomunicada en un momento de emergencia. Aunque las autoridades no detallaron las causas exactas de la avería, la termoeléctrica Antonio Guiteras ha sido históricamente un punto débil del sistema, con frecuentes problemas técnicos que han generado interrupciones en el pasado.
El ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, reconoció la gravedad de la situación a través de sus redes sociales, donde aseguró que se trabajaba “en el restablecimiento del SEN en medio de una compleja situación energética”. El funcionario explicó que el proceso de recuperación es lento y requiere de medidas coordinadas, incluyendo el uso de generadores diésel y fueloil, una solución temporal que el país ha tenido que implementar con mayor frecuencia en los últimos meses.
La crisis energética en Cuba no es nueva, pero se ha intensificado desde mediados de 2024. Antes de este apagón, las autoridades ya anticipaban un día difícil para el sistema eléctrico, con un déficit de generación que superaba el 60%, uno de los más altos registrados desde que el gobierno comenzó a publicar estadísticas detalladas en 2022. De hecho, apenas dos días antes, el país había registrado un apagón récord, con una afectación cercana al 64% de la demanda nacional.
Los cortes de energía se han convertido en una constante en la vida cotidiana de los cubanos, con consecuencias que van más allá de la incomodidad. Hospitales, escuelas y centros de trabajo enfrentan dificultades para operar, mientras que la población debe adaptarse a horarios impredecibles, donde la electricidad puede llegar en cualquier momento o desaparecer sin aviso. La dependencia de combustibles fósiles, la falta de mantenimiento en infraestructuras envejecidas y las limitaciones económicas han agravado el problema, dejando al sistema energético en un estado de fragilidad permanente.
Este último apagón no solo refleja la profundidad de la crisis, sino también la urgencia de soluciones estructurales. Mientras las autoridades insisten en que se avanza en la recuperación, la realidad en las calles muestra un país que sigue luchando contra la oscuridad, con una población cada vez más cansada de promesas y soluciones temporales. La pregunta que muchos se hacen es cuánto más podrá resistir el sistema antes de un colapso mayor.






















































































































































































































































































































































































































































































